
Sin título. Erwin Bechtold (1925-2022)
Salgo
a la calle y veo pasar gentes de todos los pelajes, la diversidad es
riqueza y me lleva a la reflexión sobre la condición física. Al
ver sus rostros sólo me fijo en el semblante y las formas, evito el
fondo y evito la reflexión sobre su condición moral.
Pasa
Isabel luciendo unas facciones prerrománicas, más bien diría que
son paleocristianas a juzgar por su boquita pequeña. Tiene una mirada sentimental, parece la de un mochuelo.
Va Moja, yendo
a su tienda de teléfonos móviles. A juzgar por su
“testa di moro” diría que es argelino, pero resulta ser que es de
Libia. Me han dicho que no es musulmán sino que profesa un credo de una secta copta.
Por
la otra acera va un petimetre, amigo de una influencer que yo
conozco muy bien, él que siempre está a la page,
va mirándose en las
lunas
de los escaparates, le gusta ver su prestancia reflejada en los cristales.
Pasan individuos de rostros
antiguos, aspectos mozárabes o cervantinos, casi todos ellos van
despacito, parece que no quieren pisar sus sombras castellanas. Muchos de ellos se dedican a la burocracia inútil.
Pasan
catalanas de semblante pamplinero con sus hijos consentidos que van a
jugar a un colegio pamplinero.
Saludo a mi amigo Enric de
aspecto céltico taheño, es joven y muy inteligente, quizás por su
aspecto, sus compañeros de clase le llamaban el pastanaga (el
zanahoria).
Casi cada día veo a Svieta de
aspecto eslavo, regenta un bar pequeño donde suelo tomar café, es
parca en palabras, pero siempre me ofrece algunas revistas de modas o
el periódico que nunca falta en su establecimiento.
También de
aspecto eslavo, delante de casa, hay una señora gruesa que parece una
matrioska rusa, es la encargada de una tienda de comida para
animales. Habla muchos idiomas.
A menudo, por la mañana veo
pasar a un hombre de mediana edad que tiene la prestancia de un judío
converso, a veces lleva un estuche de violín. Mi vecina dice que es
un buen músico y que además trabaja de informático para una
multinacional que se ocupa de cosas de esas de la inteligencia
artificial.
En las tiendas de mi barrio
veo hombres y mujeres con pinta de trujamanes mediterráneos que, con
mucho esfuerzo y aguantando todas las dificultades burocráticas y
los muchos impuestos municipales, autonómicos y estatales, continúan
manteniendo su negocio.
Hay muchos asiáticos y
paquistaníes, unos amarillos y otros marrones que trabajan como
chinos unos y como explotados otros.
Total, una diversidad que da
gusto verla: asiáticos, expats europeos, moros, americanos
gordos, rusas, indonesios, gente obesa del cono sur, señoras antiguas,
paquistaníes, caribeñas, judíos, negros, amarillos, cobrizos y
malayos, influencers, burócratas autóctonos, algunos íberos,
celtas y celtíberos.
Caras, semblantes, facciones,
rasgos, aspectos, fachas. Un buen surtido de ademanes, apariencias y hablas de todas
partes, un riquísima diversidad que pasea y deja sus huellas por la
cuadrícula de l’Eixample de Barcelona.